Continuamos nuestro camino, construyendo una base estable llena de valores y sentimientos que veíamos como identidad. Cuando de repente, el milagro ocurrió, y con ese milagro juntamos las fuerzas suficientes para poder cumplir nuestro sueño, no el mío, sino el nuestro. Mis ganas eran otras, mi amor hacia el era otro, y por lo tanto también el deseo de vivirlo. Y sin darnos cuenta el momento llegó y lo vivimos.
Lo vivimos con tanta intensidad que hasta creo que dejé parte de mi alma allá, y otra parte con las almas que conocí que me dieron un poco de su alma para rellenar la mía. Mi energía se cargó con la energía del mundo jóven movilizado por la misma identidad y los mismos pensamientos. Viví tan intensamente esos días, tratando de ser una esponja capaz de absorber cada detalle que cuando llegué me fue imposible compartirlo. Me arrepiento por no haberlo intentando de a pequeños pasos, pero creo que necesite de estos meses para sentar en mi corazón todo lo que viví en esta experiencia o mejor dicho vivencia. Fue como vivir en un sueño en el que sentía que mi corazón se ensanchaba con cada mirada que daba y recibía, con cada canción cantada, con cada silencio compartido, y con cada palabra pronunciado en millones de personas a la vez, siendo yo una de ese montón.
Pude ver como es ser parte de una comunidad, como es vivir siendo lo que soy y lo que pienso, sin miedo a que los demás piensen de mi, porque lo piensan igual, porque lo sientes igual, capaz que igual no es la palabra correcta, pero es algo tan semejante que hacerlo de otra manera con una variante no cambia el significado. Era un maravilla, mi maravilla, que viví y sigo viviendo. Y quiero volver a vivir.
En fin, soy feliz de poder escribir, de volver a escribir porque es volver a vivir, y en algunos casos, como en este, revivir.
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