Desde hace días que me digo que en el 2015 voy a empezar a escribir de nuevo, pero ahora me pregunto ¿por qué no hacerlo ahora?, así que, en vísperas del último día del último día del 2014 escribo mientras tres sentimientos me motivan. La indignación, impotencia e injusticia, suelen generar que mi mente hable por horas y por días, haciéndole difícil a mi cuerpo conciliar el sueño, pero también son los que me guían de a poco y de a poquito a lo que me quiero convertir, y a lo que quiero convertir. En este momento puedo identificar estos sentimientos, junto con tristeza y unas ganas, o mejor dicho, necesidad, de entender mejor la situación.
Pero de esta forma intento sacar el mejor jugo de la situación, y haciéndome la filósofa o psicológa, pienso en el poder de la decisión, el poder que se expresa en una decisión pero que parte de una combinación del pensamiento y la voz. No es lo mismo pasar un año debatiendo lo importante que es la educación para mi, y lo bien que me hace ver a los niños evolucionar gracias a mi apoyo, que pararme en bedelías y pedir el pase para Magisterios. Tampoco es lo mismo desear que algo nunca pase, que a confesar el miedo que tengo de tener que despedir a lo que más quiero.
El poder de las decisiones me asusta, que otros las hagan y tener que hacerlas yo. Decir acepto en el altar, inscribirme en alguna facultad, decirle chau a alguien, o cambiar de ambiente. En todas estas situaciones, el peso de las consecuencias recaen sobre mi. Pero cuanto daño hacen las decisiones de los demás.
Solo me gustaría saber el porqué.