Lo vi y mis ojos se humedecieron. Me largué a correr hacia
sus fuertes brazos, corrí como nunca antes lo había hecho. Mi corazón saltaba
de alegría.
Él me sonrió, con esa sonrisa tan peculiar que era capaz de
iluminar el cielo gris que había sobre nosotros. Dejó las cosas que llevaba en
el suelo, para poder tenderme los brazos, esperando el tan esperado encuentro.
Nuestros cuerpos se encontraron, como él me había prometido en
nuestra última carta. Mis manos se enrollaron en su suave pelo, y las de él
posaban en mi espalda. Extrañaba sentir el calor de su cuerpo, extrañaba la
fragancia de su cabello. Hundí mi cara en su campera, mojándola con mis
lágrimas de alegría. Nos quedamos en esa posición por unos minutos, pero para
mí fue eterno. Sentía las extrañas miradas de la gente clavadas en nosotros, y
lo pude comprobar cuando levanté la cabeza para mirar sobre su hombro.
Al notar mi movimiento, él me susurró al oído dos palabras
que nunca olvidaré. Dos palabras mágicas, dos palabras perfectas.
Su susurro produjo en mí sensaciones inexplicables. No
encontré palabras para demostrarle mi gratitud. Sin pensarlo dos veces puse mi
cara frente a la suya, nuestros ojos se conectaron en una mirada honesta. Me
puse en puntas de pié para poder colocar finalmente mis labios sobre los suyos.
Él me agarró suavemente la cara, mientras millones de mariposas revoloteaban
por todo mi cuerpo.
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