5 de agosto de 2012

FK


Lo vi y mis ojos se humedecieron. Me largué a correr hacia sus fuertes brazos, corrí como nunca antes lo había hecho. Mi corazón saltaba de alegría.
Él me sonrió, con esa sonrisa tan peculiar que era capaz de iluminar el cielo gris que había sobre nosotros. Dejó las cosas que llevaba en el suelo, para poder tenderme los brazos, esperando el tan esperado encuentro.
Nuestros cuerpos se encontraron, como él me había prometido en nuestra última carta. Mis manos se enrollaron en su suave pelo, y las de él posaban en mi espalda. Extrañaba sentir el calor de su cuerpo, extrañaba la fragancia de su cabello. Hundí mi cara en su campera, mojándola con mis lágrimas de alegría. Nos quedamos en esa posición por unos minutos, pero para mí fue eterno. Sentía las extrañas miradas de la gente clavadas en nosotros, y lo pude comprobar cuando levanté la cabeza para mirar sobre su hombro.
Al notar mi movimiento, él me susurró al oído dos palabras que nunca olvidaré. Dos palabras mágicas, dos palabras perfectas.
Su susurro produjo en mí sensaciones inexplicables. No encontré palabras para demostrarle mi gratitud. Sin pensarlo dos veces puse mi cara frente a la suya, nuestros ojos se conectaron en una mirada honesta. Me puse en puntas de pié para poder colocar finalmente mis labios sobre los suyos. Él me agarró suavemente la cara, mientras millones de mariposas revoloteaban por todo mi cuerpo.

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