Me dejé llevar por las calles ruidosas, caminé sin rumbo durante más de una hora. Tenía que escapar. Quería escapar. Pero no podía. Caminé hasta que me di cuenta de que esto no estaba funcionando. Me senté en un banco y miré al cielo, preguntándole qué podía hacer. Las lagrimas resbalaban por mis mejillas, el viento enredaba mi cabello. Y entonces comprendí que aunque quería escapar, no quería olvidarlo.
Me levanté, ya era hora de volver a casa.
Recogí mi mochila, y retome mi caminata hacia el café.
La encontré sentada en el mismo lugar de siempre, aunque su cara no era la misma. Se notaba tensa, preocupada. Jugaba con sus llaves, con la mirada perdida. Traté de pensar en lo que pasaba por su cabeza en ese momento, pero sabía que nunca iba poder llegara a entender como su mente funciona. Ya lo había intentado hacer antes, varias veces. Antes.
Inhalé el frío viento, y sin pensarlo entré.
Ella me notó en seguida. Así era como funcionábamos nosotros, por lo menos eso no se había perdido.
Caminé hasta su mesa, nuestra mesa. Su cara ya no era la misma que hace unos minutos, nadie lo hubiera notado, pero yo la conocía tanto como para notar el más mínimo movimiento.
Nos quedamos segundos, minutos, mirándonos, sin decir nada. Hasta que ella tomó aire como para empezar a decir algo. Yo sabía cuanto le costaba hacerlo. Así que me adelante y le dije que sí.
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