3 de febrero de 2016

Muerte

Perfume lima limón. Como el color de sus uñas recientemente mordisqueadas. Que se esconden bajo puños húmedos de un abrigo azúl. Azúl como la tapa del último libro que le prestó. Libro que guarda en su mesita de luz. Situada al lado de su cama, donde pasó la última noche mirando películas. Sí, de esas películas que miras para intentar no pensar, pero que terminan haciendo todo lo contrario; al menos te mantienen despierto para no soñar, así, de esa manera, sentís que tenes un mínimo control sobre tu cuerpo. Y al final, después de cinco tazas de té, cuando los pájaros avistan los primeros rayos del sol y cantan en tu ventana, deja que el sueño cierre sus ojos. Al despertarse, sintiendo que su mente egoísta no quiere compartir todo lo que imagino en las horas previas, decide aprovechar al máximo ese sentimiento de alivio.
Comienza el nuevo día, siguiendo su rutina. Rutina aburrida, pero práctica y segura. Una seguridad que es claramente un autoengaño. Tan claro como las lágrimas que increíblemente le quedan por llorar. Increíble como la historia que vivió y guarda para sí. Historia que todavía no acabó, pero en la que no quiere pensar. Pero es obvio, no se puedo no pensar en algo cuando queres no pensar en eso. Porque cuando estaba esperando el ómnibus, jugaba con su llavero y recordó lo que soñó la noche anterior. Y las lágrimas que le quedaban no esperaron ni un segundo más a ser lloradas. Fue uno de esos llantos silenciosos. ¿Qué mejor momento para hacerlo que mirando como los ómnibus van y vienen? Hay algo en el movimiento de los ómnibus, que recojen pasajeros y dejan a otros, continuamente, que te hipnotiza y te hace pensar, saltar de un pensamiento a otro, de una parada a otra. Pensar sin ningún orden, solo hablar en tu mente todo lo que tenes para decir. No sacar conclusiones, crear un lío en tu cabeza lleno de palabras. Palabras sin sentido, y palabras lleno de sentido. Palabras que queres gritar. Y mientras toda ese revuelto de palabras e imágenes sucede en tu cabeza, te preguntas que estará pensando quien me mira de afuera, algo que no te importa en lo absoluto. Hasta que vio que su ómnibus llegaba.
Lo paró, se subió, pagó el boleto, se sentó y secó su cara con los puños de su abrigo gris. Gris como el día que era. Pero día gris y ventoso, que prefería antes que un celeste día veraniego. Viento que le concedía extra aire para respirar. Respiración que parecía no ser calmada desde hace días. Calma que él le brindaba cuando lo miraba. Miradas infinitas que nunca iban a morir. Muerte que nos sigue a todas partes.

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