Él la miraba desde su rincón del salón. Memorizaba sus facciones, la forma en que levantaba la mano en cada respuesta, y su tono de voz cuando no estaba segura de algo. Deseaba acariciar su pelo, hundir su mano en le brillante melena rubia. Deseaba estar cerca de ella en cada momento. Le dolía saber que era Viernes, por dos días no la vería, dos días, casi dos días y medio. Cada Domingo esperaba ansioso que sea Lunes, solo para volver a verla.
No se animaba a acercarse a ella, no porque tuviera miedo de que ella lo humillara, él sabía que ella sería amable con él y hasta podrían empezar a ser amigos. Perfectamente podrían ser amigos, tenían los mismos gustos y sueños, sólo que solo él sabía eso, gracias a su trabajo de observación día a día. Se quedaba unos segundos más cuando sonaba el timbre, para poder oír lo que ella comentaba con sus amigas. Había aprendido cuanto le aburría la geografía, aunque ella se mostraba atenta en la clase, y como le fascinaba la física. Había aprendido tanto de ella que podía pasar horas escribiendo su biografía. Soñaba con que un día ella le hablara, y desde ese momento él la cuidaría por el resto de su vida, porque su último deseo era hacerla sentir mal.
Pero ella no sabía nada de él. Sabía su nombre, y sabía de su existencia, pero nada más que eso. Y eso a ella le molestaba, porque ella quería ser buena compañera y conocer a sus compañeros. Cada vez que ella lo veía, él desviaba su mirada. Le molestaba que se comportara como un fantasma atrás de ella, quería saber por qué le tenía miedo. No entendía por qué no le hablaba, y eso la hacía sentir mal.
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