16 de marzo de 2013
ABC
Ella era una chica que amaba la historia. Él uno que le apasionaban las matemáticas. Ella detestaba los viajes. Mientras que él los encontraba fascinantes.
Ella se imaginaba teniendo un futuro exitoso. Y a él solo le importaba formar una familia.
Ella se llamaba Esther y él se llamaba Fernando. Ambos nacieron en Primavera en la ciudad de Montevideo en el año 1972.
Sus padres se llamaban Joaquín y Catalina, ambos nacidos en Artigas. En la primavera de 1973 Catalina los dejó solos gracias a una horrible enfermedad de la que no pudieron escapar. Joaquín, con la ayuda de su hermana Valentina, educó y crió a sus hijos como mejor pudo.
Fernando se destacó siempre en sus estudios, exigiéndose cuando nadie se lo pedía, estudiando hasta tarde en toda su adolescencia. En cambio, Esther, hacía lo que podía y quería. Obviamente su padre le decía que hiciera sus deberes y dejara de hablar en clase, pero ella siempre se salía con la suya. Como cuando tenía 10 años y tenía una prueba dificilísima de Geografía, como sabía que le iba ir mal se hizo la enferma para faltar a la escuela; ella sabía como hacerlo ya que había practicado desde los 5, sabía perfectamente que mirando a los ojos de su padre con mirada triste él la dejaría hacer lo que ella se propusiera. Los ojos de Esther, eran iguales a los de su madre. Joaquín al verlos no podía evitar pensar en su amada Catalina.
A menudo Joaquín pensaba que pasaría si Catalina estuviera viva, de seguro ella sabría como tratar a sus hijos tomando las decisiones correctas. Porque tomar decisiones era una de las tareas más difíciles para Joaquín. Él era un hombre muy indeciso e inseguro, por eso necesitaba la ayuda de su adorada hermana.
Valentina quería a sus sobrinos como si fueran sus propios hijos. Ella vivía sin su alma gemela, ya que cuando la encontró él se había enlistado en el ejército, y esperaba todos los días noticias de él. Aunque vivía soñando despierta con su amado, sus sobrinos y hermano estaban en primer lugar. Luego su trabajo; trabajaba como maestra en una de las escuelas del barrio, los niños eran su especialidad, amaba verlos sonreír día a día.
Pero no todo terminó de la misma manera de la que empezó.
Cuando ya Esther y Fernando tenían 38 años Valentina murió, Joaquín estaba solo en un asilo en el que no recibía ni una visita, Esther ya iba por su sexto matrimonio y el no tan desgraciado Fernando -pero sí solitario- vivía en el otro hemisferio trabajando para una gran compañía.
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